El poder de la decepción-desilusión

171Para la mayoría de los humanos cuyo sistema emocional opera de manera normal, existen momentos que “detonan” o activan sensaciones y emociones de decepción y desilusión.

Que algo que querías hacer no puedas hacerlo, que algo que esperabas que ocurriese no ocurra, que alguien haga algo que no te esperabas, que el grupo con el que te identificas no obtenga los resultados que querías, etc…

Si nos fijamos en la palabra des-ilusión, veremos que el proceso que se ha puesto en marcha, efectivamente es un proceso deconstructivo: implica la desmantelación de una ilusión previa, la destrucción de ciertas expectativas.

Y no es que tener ilusión y expectativas sea siempre malo per se, sin embargo, depende mucho sobre qué premisas nos fundamentamos para construir la ilusión, la esperanza y las expectativas.

Cuando construimos estas ilusiones en nuestro interior basándonos en nada más que nuestra subjetividad (nuestros deseos de que las cosas sean de determinada forma) sin mantenernos en contacto con la realidad objetiva, lo que en realidad estamos haciendo es construir una casa sobre arena. Puede que construir esperanzas, ilusiones o expectativas en estos casos, sea, justamente, una manera de no tener que enfrentar ciertos aspectos de la realidad que no nos agradan. Puede que nos ayude a distraernos de la verdad y a no encarar las cosas a nivel individual y colectivo. Pero son paliativos que eventualmente se muestran inoperativos.

Hay veces que construimos sanas ilusiones y expectativas, fundamentándonos en la realidad objetiva, como por ejemplo cuando trabajamos para conseguir cierto objetivo con esfuerzo, voluntad y entrega. Estamos creciendo fruto de ese proceso y aunque el objetivo pueda no verse cumplido, el mismo proceso nos habrá hecho crecer, habremos construido algo nuevo, ya no seremos los mismos de antes.

El mayor poder que tienen la decepción y la desilusión residen justamente en su punto más bajo (paradójicamente el mayor beneficio se puede extraer del mayor “bajón”) ya que, cuando nos desilusionamos o decepcionamos, ello implica forzosamente que nuestras expectativas, ilusiones y esperanzas se han demostrado falsas al fín y tenemos la oportunidad, justo en esos momentos, de ponernos en contacto con realidades internas y externas a las que normalmente no accedemos voluntariamente o de las que huimos.

El problema, sin embargo, es, que como la sensación de decepción que se experimenta es incómoda, lo que deseamos hacer es dejarla atrás cuanto antes. El poder de la desilusión y de la decepción se hayan justamente en su capacidad de llevarnos a tocar espacios psicológicos, emocionales y corporales mucho más profundos, brindándonos una gran oportunidad para zambullirnos en nuestra “humanidad”. Y justamente de eso se trata: de darnos el permiso de no ver la desilusión y la decepción como cosas que hay que rechazar, sino experimentar individual y colectivamente estos estados como lo que son, estados.

Me hace recordar, cuando iba al colegio y el profesor o profesora explicaba un tema que me era totalmente nuevo y las primeras sensaciones al enfrentarme a un tema nuevo eran de: “no entiendo nada” “¿de qué carajos está hablando?” “¿qué?¿cómo? no entiendo nada”…

Cuanta más resistencia a sentir mi desasosiego tenía y más la rechazaba, más tiempo tardaba en poder atravesar mi malestar para ir más profundo y acabar asimilando (introduciendo y elaborando en mi interior) lo que se me explicaba.

Con la decepción y la desilusión pasa algo parecido. Cuando nos damos permiso para entender y vivir ese estado como una fase y una posibilidad de nuestro cuerpo físico, mental y emocional igual de válida que cualquier otra, nos daremos cuenta de que esa “deconstrucción” de nuestros esquemas que a menudo son falsos, supone también una profundización en la realidad de las cosas y en la realidad de uno mismo.

A menudo ocurre que, si comenzamos a no luchar la decepción y la desilusión y les damos algo “de cancha”, afloran ganas de llorar, tristezas y sentimientos de soledad-vacío. Puede incluso, que salgan a la luz memorias de tiempos en los que nos sentimos parecido a como nos estamos sintiendo en la actualidad. Es normal y positivo, el cuerpo, la mente y las emociones tienen su momento para revivir partes que hayan podido quedar pendientes del pasado.

De hecho, recientemente nos hemos topado con el termino “destintegración positiva” acuñada por un psicólogo, de apellido Dabrowski, que explica, que nuestra personalidad crece mediante procesos de desintegración (“desilusión-decepción”). Si esta desintegración se entiende como un evento transitorio en el que el viejo yo se desestructura, para dar paso a un yo nuevo, más experimentado y amplio, es una desintegración muy valiosa y positiva, es el proceso de crecimiento vital mismo.

Muchas personas tenemos miedo de permitirnos sentir estas emociones, porque tenemos creencias de que “si las sentimos nos paralizarán, nos volverán incapaces de seguir viviendo, nos engullirán”. Esas suposiciones aunque sean un legítimo intento de protegernos del dolor, no son ciertas en la medida que aparentan serlo.

Efectivamente, siempre corremos el riesgo de quedarnos “enganchados a las emociones” y por ello lo importante es entender que estas oportunidades, son oportunidades de visitar ciertas habitaciones de la casa interior de uno mismo. Visitar, que no instalarse en ellas.

Puede que alguno se pregunte: ¿de qué me sirve sentir algo tan desagradable como la decepción y la desilusión?. Sirve, sobretodo, para dejar de tener miedo a la tristeza y a la soledad. Sirve para que podamos atrevernos a hacer cosas en nuestras vidas que quizás no nos atrevíamos a hacer o a decir porque justamente teníamos miedo del ridículo, de la soledad y de la tristeza de saberse solo.

La decepción y la desilusión guardan en su interior el potencial de abrirnos a nuevas cotas de autonomía interior y a espacios de mayor profundidad humana, si aprendemos a tratarlas de manera amistosa.

Por ello, cuando sientas decepción, desilusión o cierto grado de desintegración, dudas, confusión, es bueno que te des algo de tiempo, paciencia y amabilidad para transitar esas emociones sin tener que encontrarles una solución razonada, activa e inmediata. Puede que si te haces mas amigo o amiga de ellas te revelen nuevos caminos que desconocías, nuevas posibilidades y puede que te ayuden a limpiar tu mirada de los sesgos con los que mirabas la realidad anteriormente.

Un abrazo!



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  1. […] haciendo alusión a una muy buena reflexión del investigador estadounidense Mark Passio en su seminario sobre la Ley Natural: “Cuando tengamos monarquía interior, podremos tener anarquía exterior” es decir, […]

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